domingo, 30 de marzo de 2014

Las tres muertes de José Antonio.

"Era simple condición humana: todo claudicante necesita a otros, del mismo modo que un traidor anhela que haya más traidores" (Pérez Reverte).

Introducción

Esta magnífica y sagaz observación sobre la naturaleza humana, extraída de "El francotirador paciente", última novela del genial Pérez Reverte, me ha hecho recordar el gusto, tan español, por la traición.
Nos podríamos remontar a la Hispania romana para señalar a Audax, Ditalcos y Minuros como los primeros traidores que ejercieron tan ignominioso oficio en la piel de toro. El asesinato de Viriato (lusitano) a manos de los citados traidores, despejó el camino de Roma para poder dominar y someter a los pueblos hispanos.
Mucho se ha especulado también sobre la traición de los hijos de Witiza contra el rey visigodo Rodrigo, facilitando la entrada de Tarik a la península y la posterior y rápida conquista de la misma. De nuevo, otro camino despejado merced a las traiciones y las luchas intestinas entre hispanos (visigodos) facilitó la conquista peninsular.
Ya en tiempos del Cid Campeador, el personaje de Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, pasó a la historia por ser el autor material del asesinato a traición del rey Sancho, al cual dio muerte, según especulaciones de la época, cuando éste se descuidó al ir a aliviar ciertas necesidades fisiológicas (¿cabe ser más traicionero?).
Otros traidores, la mayoría anónimos, han seguido los pasos de estos ilustres, y proliferan y se empeñan en dejar sus huellas, a lo largo de la historia, en lo que ha dado en conocerse como España.

Y es que la madre patria del Quijote, personaje tan español y soñador de grandes épicas, no ha podido evitar, de igual modo, parir a grandes envidiosos y traidores, a la postre la antítesis necesaria de toda heroicidad que pretenda aspirar a grandilocuentes Glorias.
Todo Alonso Quijano, ebrio de épica caballeresca, ha tenido por fuer que enfrentarse a los curas, barberos y bachilleres de turno de las Españas; todo bravo Cid Campeador, a pesar de ser noble caballero, ha tenido que servir a señores de poca altura y, en no pocas ocasiones, de baja catadura moral; todo Gran Capitán que hubiese luchado por la madre España ha sido expoliado por sus RRCC de turno, cuando no olvidado, como el bravo Blas de Lezo o, mucho más recientemente, Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro que ya nadie recuerda.

Sí, lo sé, como bien lo supo Nietzsche: los héroes no son mas que las creaciones de los poetas, pues sin los poemas épicos, que a lo largo de los tiempos han mitificado y cantado las gestas heroicas de los hombres, no existiría el espíritu de la memoria histórica ni existirían los grandes hombres. Digo espíritu, y digo bien, porque el espíritu es poesía irracional que pretende sublimar y dignificar la esencia humana acercándola a la inmortalidad.
Hoy, por ello, voy a ejercer de poeta, y voy a recordar y rescatar del olvido al último gran héroe de ese proyecto fallido de la historia que dio en llamarse España; voy a anteponer la poesía que promete frente a la que destruye; voy a homenajear la figura de un español, héroe por derecho propio, llamado José Antonio Primo de Rivera.

Las tres muertes de José Antonio

Dicen que los héroes solo mueren una vez, mientras que los cobardes mueren veces infinitas castigados y hostigados por los remordimientos de sus miserables y deshonrosos actos, mortificados por su falta de valor y gallardía. Pero en las sociedades que han aprendido a temer a la muerte, en la medida que han perdido la fe en la vida eterna, no hay cabida para héroes, pues ya no hay Glorias eternas que alcanzar. Queda, tan solo, un nihilismo desesperanzador que, no solo nos niega la promesa de una salvación futura, sino que borra, inmisericorde, la memoria de cualquier pasado que pudiera haber pecado de haber sido glorioso. Tal es el grave pecado de España: negarse a sí misma y a su pasado.

Desde la psicología, también nos han enseñado que las víctimas de crueles atrocidades y vejaciones, tales como violaciones, secuestros, torturas, etc..., en no pocas ocasiones son obligadas a revivir en su memoria segundas y terceras agresiones. Las víctimas son incapaces de superar el dolor sufrido en la misma medida en que la sociedad, en su conjunto, no hace justicia para dignificar y restaurar la condición de persona que le fue sustraída a la víctima tras la cosificación, y conversión en objeto, por parte de sus agresores.
Y hete aquí el otro grave pecado, no solo español en este caso, sino propio de la generalidad de la civilización occidental: haber despojado de dignidad y de esencia a las personas, cosificándolas y convirtiéndolas en meros entes orgánicos sin espíritu. Así, haciéndoles olvidar la preocupación por el sentido del ser, y ya desnudos de su esencia, los individuos pierden su condición de personas (condición necesaria para ser y proyectar) y devienen, tan solo, ganado humano susceptible de ser manipulado y adoctrinado. El camino hacia la autoinmolación de toda una civilización está despejado...

Pero no me toca ahora erigirme en salvador de Occidente, pues es metafísicamente imposible resucitar a los muertos y, además, yo he de callar, cual Heráclito, en tanto no paren de hablar los indóciles ciudadanos de Efeso henchidos de hipócrita corrección política.
Sí he de hacer mía, sin embargo, la observación de Pérez Reverte que señala que "todo claudicante necesita a otro, del mismo modo que el traidor anhela que haya más traidores".

Siempre hay que crucificar al mesías de turno que pueda aparecer con nuevas promesas de vida, eso es algo inherente al ser humano y a la dialéctica de la historia. Toda tesis o propuesta de proyectos de vida centrados en la tradición habrá de tener frente a sí, tarde o temprano, a su antítesis en forma de novedosa alternativa vital.
Cuando Sócrates se vio obligado a beber la cicuta, instado por su propio imperativo moral, lo hizo tras ser acusado por sus conciudadanos de renegar de los dioses de la ciudad e introducir otros dioses nuevos. Seguramente habrían otros motivos más oscuros y personales (envidias y rencores) que le granjearon a Sócrates las antipatías de sus vecinos, pero no deja de resultar significativa la manera en que a lo largo de la historia la envidia y el recelo ante lo mejor y más excelente se ha legitimado a través de un falso afán de justicia.
Jesucristo, de forma parecida, tuvo también su juicio justo en la forma de una farsa convenientemente legitimada por las autoridades romanas y fariseas.

Primera muerte de José Antonio.

Y aquí quería llegar tras esta larga pero necesaria introducción previa: a la crucifixión del mesías, en tanto que visionario y portador de poesía prometedora, que fue José Antonio.
Quien desee saber por qué le atribuyo a José Antonio el calificativo de visionario, profético al cabo, tan solo tiene que leer (vano consejo) lo que de su legado póstumo quedó recogido en sus "Obras Completas".
Mucho se ha especulado sobre el juicio que dictaminó la sentencia de muerte de José Antonio, pero nos bastará, tan solo, recordar algunas evidencias y hechos significativos del mismo, para encontrar inevitables analogías con las mismas farsas judiciales que en el pasado más lejano condenaron a Sócrates o al propio Jesucristo.

La primera evidencia que demuestra la falsedad e ilegitimidad de aquel juicio disfrazado de legalidad (no es lo mismo legal que justo y legítimo) fue el argumento por el que José Antonio fue acusado: tenencia ilícita de armas.
¡Tenencia ilícita de armas! Ese fue el mejor argumento que pudieron esgrimir quienes eran simpatizantes de los mismos pistoleros del PSOE que, tras el asesinato del joven estudiante universitario falangista Matías Montero, iniciaron una descontrolada escalada de criminalidad amparada por la ceguera voluntaria del gobierno frentepopulista. Acusaron de tenencia ilícita de armas al hijo de un militar (era fácil que tuviese acceso a las armas) que, sin embargo, jamás a lo largo de su joven vida truncada, se manchó las manos de sangre, como sí se las mancharon los militantes de izquierda que perpetraron más de una docena de asesinatos hasta que los diezmados falangistas decidieron, también, combatir al fuego con fuego.
Son conocidas al respecto, las críticas que recibió José Antonio por su tibieza y negativa a recurrir a la violencia desde un primer momento, hasta el punto que su persona fue motivo de burlas y se le llamó despectivamente, en círculos de la cobarde derecha de la CEDA, franciscano. Y esa misma derecha apoltronada y cobarde, que necesitaba a FE para defender sus bastardos intereses de los pistoleros, también cobardes y asesinos de la izquierda, se burló de las siglas FE explicando sarcásticamente que éstas eran el acrónimo de franciscanos españoles.

Segunda evidencia

Si pueril y miserable fue la razón por la que se acusó a José Antonio, a modo de vulgar pretexto para acabar ejecutándolo, no menos reprobable e ilegítimo fue el hecho de que la totalidad del jurado que habría de condenarle, estuviese constituido por militantes del Frente Popular. Para quien no lo sepa, en aquellos convulsos tiempos no era lo mismo ser un republicano cabal, como lo fue el docto y brillante Besteiro, o en menor medida pudieron serlo Prieto o Azaña, que los frentepopulistas bolchevizados como Dolores Ibárruri (La Pasionaria) o Largo Caballero (el Lenin español).
Más le hubiese valido a José Antonio haberse evitado aquella farsa de juicio y haber sido abatido a tiros, traicioneramente, como lo fueron muchos de sus camaradas falangistas.

Tercera evidencia

Dadas las simpatías y la amistad de José Antonio con muchos socialistas, entre ellos Indalecio Prieto, pocos creyeron que aquella farsa de juicio pudiese acabar con la sentencia a muerte del joven abogado falangista. Pero las circunstancias eran las que eran, y el afán de justicia ya hacía tiempo que había desaparecido en una España secuestrada y prisionera de la barbarie más irracional y cainita. Cuentan que el propio Manuel Azaña, tras intentar tímidamente que el castigo impuesto a José Antonio no fuese la máxima pena de muerte, ante las presiones del sector bolchevique más visceral y jacobino, no tuvo más remedio que hacerle llegar un mensaje de condolencia a José Antonio donde le reconocía ser tan prisionero como él de las circunstancias. Y las circunstancias exigían el sacrificio de un mártir y, sobre todo, satisfacer la sed de venganza de los exaltados bolcheviques que, frente al ¡Arriba España! vociferado por quienes se alzaron contra el gobierno de la II República, gritaban más fuerte y con más rabia ¡Viva la URSS!
La suerte estaba echada, y Manuel Azaña, como otrora hiciera Poncio Pilato, decidió lavarse las manos ante la sed de venganza de la turba revolucionaria; se doblegó y claudicó ante los seguidores de Barrabás, entonces reencarnados en los fervientes seguidores de una nueva religión laica que dio en llamarse marxismo-leninismo.
Mucho habría de arrepentirse Azaña, en sus memorias, de los graves errores cometidos durante su irresponsable gobierno. Mucho, seguramente, debió arrepentirse también de la muerte de José Antonio quien se dijera su amigo: Indalecio Prieto. Todavía no sabemos por qué, durante todo su exilio, Prieto fue el custodio de las últimas pertenencias de José Antonio, las cuales guardó celosamente en una maleta durante toda su vida.
Es cierto que todavía hoy quedan muchas cosas por saber y por esclarecer, pero de lo que no cabe duda es de que José Antonio, tras su primera muerte física, aún debería volver a ser crucificado en dos ocasiones más a lo largo de nuestra reciente historia, por tal de arrebatarle su esencia espiritual, primero, y más tarde por tal de negarle como posibilidad futura de ser.

Segunda muerte de José Antonio.

Al poco de morir Franco, en el año 1976, se dio la orden, todavía no se sabe muy bien quiénes, de que el legado intelectual de José Antonio (una amplia obra escrita compuesta por ensayos, poemas y relatos) fuese destruida. Por lo visto, alguno de los encargados de llevar a cabo tan miserable acción, guardó parte de la producción literaria del fundador de la falange, la cual ha llegado hasta nuestros días recopilada en sus "Obras Completas" (lectura que recomiendo fervientemente).
Lo significativo de semejante hecho es constatar el miedo, todavía existente en 1976, por tal de evitar que las siguientes generaciones tuviesen, al menos, la oportunidad de pensar por sí mismas, de cotejar diferentes fuentes informativas y, en definitiva, pudiesen contrastar distintas visiones o perspectivas de la historia.
Se intentó, de esta manera, matar a José Antonio espiritualmente, negándole su esencia como persona; intentando ocultar al mundo al poeta que admiraba a Lorca; intentado esconder una parte de la verdad de la historia de España. Se le cosificó.
¿Por qué?
Si en la primera muerte de José Antonio, a través de un falso juicio, fue la izquierda más cainita la responsable directa de su ejecución (si bien es cierto que numerosas fuentes ya apuntaron entonces al desinterés que tuvo Franco por salvar a José Antonio) no cabe duda de que en 1976 los únicos que tuvieron el poder para destruir el legado de José Antonio fueron los conservadores, aquellos mismos meapilas, muchos del Opus Dei, que otrora le calificaran de tibio franciscano y que entonces, tras la muerte del dictador, se dieron prisa en seguir moviendo los hilos que habrían de llevarnos a la farsa de una Transición cuya única finalidad sería (a los hechos me remito) legitimar la esencia bastarda de una partitocracia, ya denunciada por Ortega, cuya única finalidad sería servir sus propios intereses de clase política.
Una vez más, Roma (los monárquicos conservadores) tuvieron tanto o más interés que la turba judía (seguidores de Barrabás) en crucificar al portador de poesía prometedora de vida.

Tercera muerte de José Antonio

Si Zapatero hizo bueno a Suárez y a González, y en el parecer de muchos también a Aznar, es porque ha sido, sin lugar a dudas, el presidente más nefasto de la historia de España: el más falso e hipócrita de entre todos los fariseos habidos y por haber.
Zapatero, después de verse obligado a llevar a cabo una política dictada por el imperativo de las circunstancias, a favor del contubernio formalizado por la todopoderosa Banca y la clase política, no encontró mejor manera de reconciliarse con sus traicionados seguidores de la izquierda más radical, que la de resucitar antiguas rencillas y desenterrar a viejos y demonizados enemigos.
Después de mostrarse harto orgulloso, alzando el puño y entonando la internacional, se autoproclamó rojo auténtico y convencido feminista. Y todo por tal de legitimarse como ejemplo de justicia y bondad ante unas masas enfervorecidas a las que no tardaría en decepcionar.
Zapatero, como los irresponsables emperadores romanos de antaño, no dudó en esquilmar las arcas públicas endeudando al país (aumentando en exceso el déficit público), hipotecando a las futuras generaciones. Y todo para congraciarse con el pueblo. Su errado Plan-E, nueva suerte de circo romano, más orientado al espectáculo y a la propaganda de su persona que a la resolución de problemas reales, fue perpetrado con la única e insensata intención de comprar a las masas con pan circense para hoy y hambre desesperada para mañana". Su proceder fue más propio de un emperador endiosado del pasado que de un serio hombre de Estado del presente.
Finalmente, como un acorralado Nerón, huyó hacia adelante y se obstinó en el proceder, tan español, del sostenella y no enmendalla: Zapatero acabó incendiando España entera recurriendo al guerracivilismo, pues todo era válido por tal de seguir manteniendo inmaculada la imagen idealizada que de sí mismo tenía.
Donde los sociólogos vieron a un inocente seguidor del optimismo antropológico, yo siempre vi a un iluminado con tintes narcisistas, a alguien dispuesto a todo, incluso a dinamitar la convivencia en una ya de por sí maltrecha España, con tal de autojustificar su egocéntrico proceder. Gajes del oficio, supongo, que obligan a ver más allá de lo meramente aparente.
Y mientras el aprendiz de Nerón que fue Zapatero, orquestó una nueva persecución de los cristianos, ley de memoria histórica mediante, la grosera música de su tontiloca lira siguió castigando los oídos de aquellos que sí estaban educados para saber captar las notas más finas de la política.

La ley de memoria histórica se me antoja la última y más grave felonía cometida en España y supone, de hecho, el borrado, a través de la tergiversación y la manipulación, de una parte importante de nuestra memoria y de nuestra trayectoria histórica real; significa la ocultación, interesada y sectaria, de una parte de la verdad que a muchos pequeños nerones endiosados sigue molestando que se conozca.
La revanchista ley de memoria histórica de Zapatero constituye, en sí misma, otro falso e ilegítimo juicio, disfrazado de legalidad, cuyo único objetivo ha sido, una vez más, volver a matar a José Antonio.
Con esta tercera muerte de José Antonio, tras su muerte física, primero, y su posterior muerte espiritual durante el régimen, se ha pretendido negar a José Antonio como referente histórico para las siguientes generaciones. Se le ha negado como una posibilidad del ser susceptible de elección o, al menos, susceptible de ser tenida en consideración. Para ello se han retirado estatuas y monumentos que homenajeaban su figura, se han retirado placas de calles y plazas con su nombre. Se ha pretendido borrar y negar una realidad transcendente que llegó a ser verdad.

Epílogo

Algunos individuos obcecados en hacernos claudicar, están intentando reescribir la historia, y quieren despojar de esencia al español medio, negándole la realidad de una identidad histórica común, ocultándole parte de los hechos del pasado, sustrayéndole su herencia histórico-cultural, espiritual y religiosa. Y todo por tal convertir a la generalidad de los españoles en claudicantes y traidores; todo por tal de hastiarles cansinamente hasta conseguir que estos, desarraigados y desnudos de esencia, firmen una rendición incondicional frente a los tontilocos particularistas, ante los eternos descontentos que jamás serán contentados.
Pero, afortunadamente, todavía hay gente en España que lee, aunque de momento calle, porque solo cabe el silencio en quienes, como Heráclito, no consideran inteligente, ni prudente, hablar mientras sigan hablando los corruptos "ciudadanos" de Efeso.


2 comentarios:

  1. Se ha de entender que el autor de este articulo es un ferviente defensor y admirador de los valores patrios, la valentía del guerrero, y el sagrado corazón de Jesús, todo junto. Vamos, un fascista de tomo y lomo.

    Eso si, muy culto y sensible. Gay también quizás? De esos de iglesia que les gusta vestir santos y rodearse de beatas?

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  2. Si dices que se "ha de entender", entonces "entiende" lo que quieras. Eres como Juan Palomo, tú te lo guisas y tú te lo comes. Buen provecho.

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